Tag Archives: Violencia Masculina

#ApatíaComplice

4 Dic

Por PAULA ORTEGA – Periodista, publicado por eldiario.es

  • Un hombre agredió sexualmente a una viandante a media tarde en el centro de Madrid ante la pasividad de la gente que vio el ataque. La víctima cuenta en primera persona los hechos como denuncia de un comportamiento inadmisible

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Por fin terminaba el día, ya estaba de camino a casa repasando mentalmente las tareas pendientes y con la imagen del sofá en la cabeza cuando noté que alguien andaba –cerca– detrás de mí. Eran las seis de la tarde, de día, en el centro de Madrid, al lado del metro de Bilbao. No le di más vueltas. De repente, noté que algo se metía por detrás, entre mis piernas,  una mano completamente ajena, inesperada y desconocida que me estrujó el coño con un apretón doloroso y molesto.

Tardé unos 3 segundos en pasar del desconcierto a la rabia. El agresor –sí, con todas las letras– siguió andando y cuando empecé a insultarle “CERDO”, se dio la vuelta doblando la esquina y me devolvió el insulto: “PUTA LOCA”. Todo esto ante la mirada de las y los  viandantes atentas y atentos desde que pegué el primer grito. No sé qué vieron ni qué pensaron pero la realidad es que nadie hizo/dijo nada y me quedé unos segundos más en la calle paralizada mientras él desaparecía hasta que huí avergonzada. No sólo un tío me había tocado, además me dijo que estaba loca, performando la realidad de tal forma que al final la loca era yo.

No sabría decir si al rato lloré más por rabia –un desconocido me había estrujado el coño por la calle– o por frustración, no supe reaccionar, no lo evité ni fui rápida o eficaz en mi respuesta. Ahora me preocupa el hecho de que en ese momento empezara a culpabilizarme absolutamente por todo: por no haber mirado hacia atrás y haberme cambiado de acera, por no haber podido afrontarlo, por no haber tenido reflejos para devolverle un puñetazo… Supongo que tiene que ver con que nos enseñan a que siempre somos nosotras quienes tenemos la culpa.

Si tuviéramos que hacer una jerarquía de agresiones posiblemente “no fue para tanto”, y seguramente por eso en este caso me atrevo a escribirlo. Sin embargo creo que las agresiones y las violencias no tienen grados o jerarquías ni son aisladas o individuales, son reflejo y consecuencia de una sociedad patriarcal basada en la opresión sobre las mujeres y sobre cualquier persona que no se encuentre dentro de los parámetros de la heteronormatividad, es decir, cualquiera que no cumpla con el modelo ideal de lo que debe ser una mujer o un hombre. Transexuales, transgénero, lesbianas, gays, bisexuales, asexuales, intersexuales. Esto simplemente es una contribución a visibilizar, denunciar y repetir incansablemente una realidad podrida y escondida, muy difícil de describir y expresar en muchos casos y que sufren sistemáticamente muchas mujeres en sus diferentes formas de violencia,  mucho más de lo que nos gustaría admitir. Una situación que además está normalizada, el agresor no sólo realiza esta acción porque crea que nuestros cuerpos son objetos de deseo disponibles y a su alcance (sí, asumo que percibió mi cuerpo como un bufet libre), además sabe que no va a haber consecuencias, está convencido de su impunidad, no teme ni por su integridad física ni por represalias legales o sociales. Los agresores no son ni borrachos, ni enfermos mentales, ni tienen traumas freudianos, acabemos con este mito. Él no sólo se creía en su derecho de violar mi intimidad para autocomplacerse, o peor, porque simplemente podía. Él sabía que no le iba a pasar nada.

Lo tremendamente jodido es que millones de mujeres diariamente asumimos, escondemos, vivimos e intentamos olvidar todo tipo de violencias solas, sin aquellos lazos feministas imprescindibles.

Según la Macroencuesta de Violencia Contra la Mujer de 2015, 2,5 millones de mujeres en España han sufrido ‘violencia física’, golpes o violaciones a lo largo de su vida. Más de 2,5 millones -una de cada cuatro españolas o extranjeras residentes aquí- han sufrido ‘violencia psicológica’. 4,3 millones de mujeres -el 21,9%- han sufrido ‘violencia emocional’. 1,62 millones de mujeres ‘violencia sexual’. 2,16 millones mujeres ‘violencia económica’… Se estima que entre un 45% a un 55% de la mujeres en la UE han sufrido acoso sexual desde que tienen 15 años, según la Agencia de los Derechos Fundamentales de la UE. Estos son los ‘datos oficiales’, pero, cuántas mujeres faltarán por denunciar, manifestar, identificar los diferentes tipos de violencias. Al compartir con compañeras, amigas y conocidas esto han sido más que empáticas, todas habían sufrido agresiones en algún momento de sus vidas: al salir de casa, en el metro, volviendo a casa, con su pareja, en su trabajo, con desconocidos, en una discoteca, en un bar, en el instituto, con un profesor en la universidad…

Hay varias cosas que tienen en común todos estos casos. Una importante es el miedo: el miedo a la agresión, a la amenaza, a la violación legal, a la ira, al destrozo, a la calle oscura, a los golpes, a la muerte. Las encuestas hablan de porcentajes, yo me aventuraría a decir que lo hemos sufrido todas en algún momento.

Y otra el patriarcado. Podemos decir lo que queramos: que estas cosas pasan, que qué mala suerte, que fue la minifalda, las horas quizá, el ser rubia, el ir sola y sin protección… O empezar por asumir que vivimos en un sistema machista y patriarcal que vertebra, estructura y atraviesa completamente nuestras relaciones y todos los rincones de nuestras vidas. Si no somos capaces de hacer frente a estos actos como lo que son: violencia salvaje contra un sexo (y un género) y un gesto de dominio violento que va más allá de lo casual; y no hacemos una crítica radical de la sociedad que nos han construido, planteando las relaciones de poder y sus diferentes manifestaciones en nuestra vida cotidiana, mucho me temo que en esas grandes palabras de cambio seguirá quedando una tarea pendiente que afecta a máes de la mitad de la población.

Lo tremendamente jodido es que millones de mujeres diariamente asumimos, escondemos, vivimos e intentamos olvidar todo tipo de violencias solas, sin aquellos lazos feministas imprescindibles. Todas estas reflexiones y apreciaciones de esta agresión no las he hecho individualmente, provienen de un debate colectivo con amigas y compañeras con las que he analizado y puesto en común reflexiones y experiencias que nos dan las herramientas para afrontar esta realidad, trabajarla y luchar contra ella.

FUENTE: http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Puta-loca-dijo_6_476362386.html

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#¿Por-QuéNoLoDenuncia?

16 Oct

Por June Fernández, publicado por eldiario.es

  • La ciudadanía tiende a juzgar a las víctimas de violencia machista por no abandonar al agresor.
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Nerea Armendáriz / pikaramagazine.com

Del “algo habrá hecho” se ha pasado al “la culpa es de ella por seguir con su maltratador”. Con ese argumento, el 40% de la ciudadanía española responsabiliza a las mujeres de los malos tratos que sufren. Mientras las expertas en la materia llaman a explicar a la ciudadanía por qué cuesta abandonar una relación violenta, un programa de la Diputación de Bizkaia ofrece a las mujeres apoyo y acompañamiento para que se separen de sus agresores, respetando sus ritmos y decisiones.

¿Qué frena a romper con un maltratador? La psicoanalista Mariela Michelena cita el miedo al cambio y el empeño por sacar adelante una relación cuyo fin se vivirá como un fracaso: “Por no dar por perdida esa inversión, seguimos sosteniendo la ilusión de que si nos esforzamos lograremos transformarlo. Nos aferramos a cosas por las que ‘vale la pena luchar’ y minimizamos las agresiones diciéndonos que está estresado, que ha sufrido mucho…” La terapeuta, autora de los libros ‘Mujeres malqueridas’ y ‘Me cuesta tanto olvidarte’, apunta que se predispone a las mujeres a olvidarse de sí mismas para cuidar a los otros. “Y pensar que él no podrá vivir sin mí también engancha”, dice.

Silvia (nombre ficticio) apenas llevaba dos o tres meses casada cuando su marido empezó a maltratarla. La faltaba al respeto, la controlaba, se ponía agresivo, rompía objetos delante de ella… “Yo atribuía su comportamiento a sus problemas personales, así que me volqué en apoyarle, renunciando a mi bienestar, pensando erróneamente que así conseguiría liberarlo de su malestar”, cuenta.

El miedo a que la violencia se recrudezca tras la ruptura influye en algunos casos, pero no en la mayoría, afirma Michelena. También descarta que la dependencia económica o la preocupación por los hijos sean elementos centrales: “Hasta ahora eran la gran excusa, pero vemos muchos casos de chicas jóvenes, independientes, que siguen aferradas a relaciones destructivas”.

Reconocer el maltrato

El sistema de protección para mujeres víctimas de malos tratos se inicia habitualmente cuando ellas deciden irse de casa o denunciar. Es decir, se asume que den el gran paso sin apoyo institucional. Por ello, el Servicio de Mujer e Intervención Familiar de la Diputación de Bizkaia lanzó en 2006 un programa que apoya y acompaña a las mujeres para que abandonen las relaciones violentas.

Uno de los primeros objetivos es que la mujer reconozca que vive en una situación de violencia. A partir de ahí, se trata de que identifique las agresiones (por ejemplo, cuesta reconocer como tales las relaciones sexuales no consentidas), los mecanismos que utiliza el agresor para controlarla y dominarla, y cómo funciona la escalada de violencia. “Pocas llegan expresando que son víctimas: quieren sacar a la luz su situación, pero necesitan ayuda para verbalizarlo”, cuenta Elda Uribelarrea, responsable del equipo profesional del programa.

Muchas acuden al Servicio para informarse sobre recursos de viviendas y ayudas sociales, o para pedir orientación sobre el divorcio. La máxima es atender sus demandas sin presionarlas. “Si de entrada les decimos que abandonen la relación, estamos provocando la reacción contraria: ‘Yo haré lo que yo quiera’. Nuestro papel es acompañarlas en la toma de decisiones”, abunda Uribelarrea. Esto puede incluir apoyo en procesos de divorcio o de denuncia, pero la prioridad es fortalecer su autonomía.

Apoyo en la separación

El programa ha atendido a un total de 177 mujeres de perfiles muy diversos desde su inicio en 2006 hasta junio del 2012. La mayoría llevaba más de diez años viviendo la situación de violencia. La intervención, a cargo de psicólogas, educadoras sociales y el apoyo de una abogada, suele durar unos 18 meses. Se trabaja también con las hijas e hijos de las usuarias (en estos seis años se ha atendido a 135 menores) a quienes también se considera víctimas por haber sido testigos de la violencia.

De las 39 mujeres que iniciaron la intervención en 2011, al finalizar ese año 13 habían iniciado una vida independiente del agresor. Pocas abandonan el programa, pero incluso en ese caso vuelven a la relación desde otro punto de partida, afirma Mariví Cubillas, coordinadora del programa: “Entienden por qué se da el maltrato y no se culpan por él”. El programa atiende también a las mujeres que, después de separarse de sus agresores, están pensando en volver con ellos. En ningún caso ha ocurrido que el maltratador se reconozca como tal y pida ayuda, como hacía Luis Tosar en la película ‘Te doy mis ojos’.

Los procesos de separarse y de denunciar son muy delicados, aunque Cubillas matiza que las mujeres “tienen sus propios mecanismos de defensa, de control del agresor”. En todo caso, el equipo de la Diputación acompaña a las mujeres en cada paso, y si detecta que la seguridad de la mujer o de sus criaturas está en riesgo, se lo comunica a Fiscalía. “Los hombres suelen achantarse cuando saben que hay profesionales apoyando a la mujer”, afirma la coordinadora.

No todo es denunciar

Psiquiatras que le dijeron que lo suyo era un problema de pareja, comisarías en las que no había especialistas en violencia de género, Servicios Sociales que se negaron a atenderla sin cita previa… Silvia cuenta que el proceso de buscar ayuda para enfrentar los malos tratos primero y el acoso de su marido después de separarse de él “fue agotador y frustrante”. Decidió no denunciarle: “Suponía justificar las faltas en el trabajo, encararme a él en el juicio, sentir la incredulidad del juez sobre mi testimonio… ¿Qué pruebas podía aportar? Ninguna además de mi angustia y mi miedo”.

Uno de los aspectos singulares de la iniciativa vizcaína es que denunciar se considera algo deseable, pero no se plantea como un requisito o un fin en sí mismo. Cubillas y Uribelarrea citan infinidad de motivos que frenan a las mujeres a recurrir a la justicia: la complejidad del proceso, no querer perjudicar a los hijos o incluso al marido, la situación administrativa en el caso de las inmigrantes, la influencia de las familias… “Y enfrentarse a la etiqueta social de mujer víctima de violencia es duro”, recuerdan. Así, en cada caso se sopesa junto con una abogada las consecuencias positivas y negativas de denunciar o no hacerlo, teniendo en cuenta tanto lo que aportaría a la mujer, como el desgaste emocional que supone.

Eso sí, si la mujer tomase una decisión que pone en riesgo su integridad, como incumplir una medida de alejamiento, la educadora le explicaría las consecuencias de su decisión y su obligación de denunciar el quebrantamiento de la orden de protección ante el juzgado. Hasta el momento, después de ese trabajo, ninguna ha renunciado a medidas de protección.

Un problema social

Además de la atención individual, las participantes en el programa trabajan en grupo para tomar conciencia de que la violencia machista no es una circunstancia privada, sino un problema social que les ha tocado vivir por ser mujeres. En esos espacios reflexionan entre otras cosas sobre los roles y estereotipos sexistas, y sobre los modelos de amor y de familia aprendidos. Desde 2011, también disponen de un programa de ocio y tiempo libre. “El éxito no es sólo que la mujer rompa con su pareja, sino que se sienta más capaz, empoderada, que vea que puede vivir sola, para que no vuelva a repetir ese modelo de relación”, expone Cubillas.

Silvia, quien considera fundamental combinar la terapia psicológica con esos espacios de empoderamiento, cuenta que descubrir los estudios feministas le permitió situar su experiencia de malos tratos en el contexto de una sociedad machista: “Ser consciente de ello me hizo sentir mucho más dueña de mí misma”.

La psicóloga Mariela Michelena recalca la necesidad de sensibilizar a las jóvenes para que comprendan “que la violencia se inicia cuando empezamos a renunciar a pequeñas parcelas de autonomía, como salir con las amigas o vestir como queremos”. Elda Uribelarrea, por su parte, critica que la prensa destaque que la víctima no había interpuesto o había retirado la denuncia, o que alimente el mito de las denuncias falsas: “Hay que explicar cómo los maltratadores van minando con estrategias sutiles la autonomía y la autoestima de las mujeres. De lo contrario, parece que somos tontas”.

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