#EfectoMachismoEspectador

26 Jul

Publicado por Virginia Lemus, en el blog cumbiarengue, septiembre 24, 2014, bajo el título “Un viejo me tocó el culo en el bus. No creerás lo que pasó después”.

Introducción

Desde hace como dos semanas quería escribir un post sobre la nueva forma de darse paja en el quehacer partidario: el supuesto relevo generacional. Este parece ser una realidad, mas no significa necesariamente una renovación del actuar en política. Iba a escribir que ni Nayib Bukele (prometiendo, como todos los alcaldes, la entrega de proyectos justo en los meses de precampaña electoral) ni Ernesto Muyschondt (me lo encontré en un PriceSmart y uno de sus acompañantes llevaba una camisa que decía “Neto es mi ídolo”) representan, como se hace creer en medios, nuevas formas de hacer política partidaria, pero me dio hueva y he decidido hablar de algo mucho más trascendente: mi culo.

No teman; no procede acá hacerles partícipes de las diversas transacciones en que mis glúteos máximos se han visto envueltos, pero dados los eventos de mi mes, considero prudente, relevante y necesario hablar de este singular septiembre en el que he sido, al parecer, una bomba erótica del transporte colectivo.

  1. Marco histórico: protoerotismo FUD

En 1996 tuve un overol blanco con florecitas rojas. Yo, que por aquel tiempo tenía un peinado que rendía homenaje a San Francisco de Asís, me sentía en la cima de la feminidad cuando me ponía mi overol. Este tenía un defecto, según mi papá: la falda era corta y me quedaba por arriba de las rodillas; así que cuando me sentaba podía cualquiera deleitarse viendo mis cilíndricos muslos a placer. Yo no reparaba en ello porque, pues, tenía nueve años.

Un día, mientras vestía mi etéreo overol, mi papá decidió llevarme en bus a casa de sus padres, en el Puerto de La Libertad. El latón al que nos subimos iba lleno, pero él logró encontrar un espacio para mí entre dos adultos: una señora madura y un chichipate cincuentón. Mi tata, para entonces un treintañero adecuándose a vivir sin ser perseguido, me dijo que me sentara y le avisara si el señor veía con morbo mis piernas. No entendí qué me quiso decir y me prometí ir a buscar la palabra en el diccionario al volver. El bus arrancó y yo, sin saber qué cosa era el morbo, me quedé con la vista fija a mis piernas para estar pendiente de aquello que tan mal sonaba. Nunca vi nada más que  la mano del señor en mis rodillas y una erección en sus pantalones. No le conté nada a mi papá.

Y sí, a los nueve años sabía qué era una erección. Las ventajas de tener padres trabajando en medicina es que los penes son penes y se erectan; las vulvas son tales y  no se comete la soberana estupidez de llamarlas vagina. Por mucho empeño que pusieron mis tatas en darme una educación sexual sin morbo, no hay nada que te prepare para reaccionar ante una erección a los nueve años.

  1. Marco referencial: la verga y yo

A pesar de ello, crecí y tuve durante cierto tiempo una agradable relación con los penes. Linda, biunívoca, satisfactoria; mejoraba mucho cuando nuestras interacciones eran fugaces. A pesar de nuestros grandes momentos juntos, poco a poco dejaron de interesarme y encuéntrome desde hace un par de años al otro lado del espectro. So long and thanks for all the dick.

III. Caso I: el hombro XXX

Por algún motivo, y esto es algo que si usted se identifica como mujer y usa el transporte colectivo puede ratificar, no hay parte del cuerpo humano más erótica que un hombro. No son las tetas ni los culos, mucho menos las vulvas: no hay cosa que despierte más erecciones que el reiterado contacto de la entrepierna masculina con un hombro. Al menos el mío puede presumir de una capacidad de seducción tremenda.

Por ejemplo, a inicios de mes iba yo feliz y a la vez contenta a comer comida china. Por ser un sábado a mediodía, todos los buses rumbo a la zona norte iban llenos, así que no me extrañó que un sujeto con indumenaria de empleado de banco se parara junto a mi asiento. Empero, mi casquivano hombro volvió a hacer de las suyas y ahí estaba la erección del sujeto rozándose contra mi sugestivo omoplato. Duro y dale contra mi hombro a pesar de mis intentos de alejarme de él (ese es otro punto: no hay manera sutil de evadir a un rozacuerpos. Una puede apartarse, quejarse, burlarse y empujar, pero el sujeto siempre encontrará una manera de volver a arrimarte el boli).

¿Ubican estos videos porno de majes masturbándose en un bus? Lo más inverosímil de todo es que la gente parece no reaccionar, ¿cierto? La víctima de mi hombro briggittebardotesco no tuvo suficiente con mis esquivas ni sus roces, sino que, a altura de Metrosur, decidió abrir su pantalón y empezar a masturbarse sin más. Lo próximo que supe fue que mi puño se encontró con su nariz y que, tras el crack respectivo, el maje huyó diciendo “agradecida deberías de estar, puta”. Yo temblaba de la cólera. Nadie en la 44 llena a reventar dijo ni mu.

  1. Caso II: el tanteyo del aguacate

Son las ocho de la noche del 23 de septiembre y el microbús de la 5 no pasa. Soy una gata bajo la lluvia. Acabo de salir de clases y quiero llegar a mi casa a cenar y jugar con el gato. Tras media hora de espera, una auténtica lata de sardinas aparece. Pago; me subo. El viaje avanza sin inconvenientes. El microbús se vacía dos paradas antes de llegar a mi casa, quedando a bordo cinco personas y yo. Una de ellas, un señor rondando los sesenta años, piernas separadísimas (pobre, el priapismo es un mal que debería hacernos reflexionar) y lentes de carey, iba sentado junto a la puerta de salida. Justo cuando me paro junto a ella, siento la mano del señor inspeccionar mi culo cual si de aguacate se tratase. Volteo para reclamar y el maitro encuentra mi mirada mientras estruja mis nalgas y se humedece los labios con la lengua. Mi mano derecha, en donde ya llevo las llaves de mi casa, no puede evitar precipitarse a la mejilla del señor y enterrar la llave del portón tan hondo que lo hace sangrar. Mi culo pierde su encandilante magnetismo de repente y el señor empieza a decirme zorra de mierda. El microbús para. Yo escupo en la cara del sesentón. El motorista entiende qué ha ocurrido y arranca antes de que el señor pueda perseguirme.

  1. Epílogo

Cualquiera de esos dos hijos de puta pudo haberme matado. Cualquiera. Así como la gente no hizo nada mientras erotizaban sin mi consentimiento partes de mi cuerpo, se habría quedado de una pieza si alguno de ellos sacaba un cuchillo, una pistola y me mataba, ¿por qué? pues por puta.

Tengo muy claro que acá la erótica no soy yo, que ni mi hombro ni mi culo poseen cualidades sexuales relevantes, sino que se los ha visto como porciones de las cuales obtener placer. No soy yo, Virginia la persona, quien ha sido ultrajada, sino una porción de carne. Eso lo tengo claro. Lo que me resulta impresionante y me deja estupefacta es la facilidad con la cual estos dos cerotes creyeron que podían disponer de un hombro o de un culo para su propio placer sexual porque sí, porque pertenecen a una mujer y para eso sirven: para violarlas. La cara de sorpresa cuando vieron que el trozo de cuadril de Pollo Campero que creyeron usarían a placer levantó los puños y peleó hasta hacerles sangrar. La indignación con la que recurrieron al insulto por atreverme a rechazar su cortés erección. No lo concibo.

Más bien, sí lo hago. Es un comportamiento socialmente aceptable; disponer de los cuerpos de mujeres es una manera de mostrar hombría. No responde a falta de instrucción o a una condición económica dada, es la sociedad quien avala la posesión de los cuerpos femeninos de esa forma. Eso es ser hombre: escupir, orinar en la calle, llamar culito a una mujer con quien se busca coger. Esa noción de hombría es la que lleva a que en este país haya femicidios de honor que quedan impunes porque los canales de obtención de justicia no funcionan. Esa idea de la masculinidad mata no solo culitos ni putas ni zorras malagradecidas (¿quién las define como tales?), sino a familias, a hijos e hijas; a madres y abuelas.

Yo tengo la dicha de saber que eso no es ser hombre ni ser mujer equivale a ser sumisa. No voy a decirle a ninguno de esos dos que el género es un performance ni que existe tal cosa como la autonomía del cuerpo. A mí se me violentó y ante el bystander effect, el machismo estructural y la cosificación de mi ser no voy a responder con folletitos de Foucault, sino con el puño cerrado y las llaves enterradas en la mejilla del hijueputa que ose tocarme sin mi consentimiento. Ojalá se diviertan mucho explicando en su casa quién los sangró en la calle.

PD: pronto, en Cuatrovisión: “Le tocan el culo… ¡y encuentra la muerte! Ademáaaaaaaas, Alianza golea en casa”.

FUENTE: http://losblogs.elfaro.net/cumbiarengue/2014/09/un-viejo-me-toc%C3%B3-el-culo-no-creer%C3%A1s-lo-que-pas%C3%B3-despu%C3%A9s.html#more

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