#LasMuertasInvisibles

5 Jul

Artículo original publicado bajo el nombre “Los muertos que importan y las muertas que no”, en el blog cumbiarengue, por Virginia Lemus, el 04/06/2015.

Durante la última década, los periódicos fueron convirtiéndose lentamente en obituarios con anuncios comerciales. La innegable crisis de seguridad es tal que si uno da click sobre una nota titulada Reportan doble homicidio en anoche en Soyapango, descubre al leerla que se habla en total de 25 asesinatos y un lesionado. La interrupción violenta de 25 vidas cabe en 313 palabras.  No hay forma en que eso no resulte tétrico.

Esa síntesis sangrienta es posible, en parte, porque se presume que todos los fallecidos fueron ultimados por una causa en común: 24 de los 25 asesinados eran hombres, todos víctima de ataques sorpresivos con arma de fuego. Todos residentes en Soyapango, San Martín o Ilopango, zonas en las que la presencia de las maras es más tangible. Esos son los muertos reporteables en el gran esquema de lo que ahora se considera noticioso; lo es porque vende y porque contribuye al discurso homogeneizador en el que todos los homicidios están vinculados a pandillas (descartando al narcotráfico, otras redes criminales y los asesinatos comunes), discurso que va en línea con lo que la FGR y los medios han venido diciendo hasta ahora: si justifica el uso de medidas coactivas y vende, ganan todos. Esos muertos convienen.

Es letal ser un hombre joven en El Salvador. Lo ha sido desde tiempos de la guerra. Tener entre 15 y 24 años y vivir en este país es tener un blanco pegado en la espalda. A todas luces, es una situación perversa y denunciable. Sería ingenuo suponer ahora que todos jóvenes los asesinados en los últimos diez años lo fueron por tener vínculos directos con pandillas. Hay una cantidad absurda de repartidores de mercadería, vendedores ambulantes de pan, muchachos estudiantes que han sido asesinados por transitar por donde no deben. Hay jóvenes siendo impunemente desaparecidos por el Ejército por estar desempleados y vivir en territorio controlado por una pandilla. Hay madres en pánico, como la mía, insistiendo hasta las lágrimas porque mi hermano porte siempre el carné de minoridad. 23 años después del cese al fuego, todavía hay madres temiendo porque su hijo sea un desaparecido más.

Pero también hay otro tipo de homicidios que se reportan en combo. El de Yamileth Ticas, por ejemplo, apuñalada en la sien por su expareja mientras esperaba el bus en San Vicente. Junto al suyo se reporta el caso de un hombre que se suicidó tras haber atacado a machetazos a su pareja y creerla muerta. Estos no corresponden a la dinámica de los asesinatos de hombres jóvenes, tan frontal y visceral. Pertenecen a una categoría distinta, una que causa rechazo furibundo: femicidio. 

De cierto modo, este rechazo generado por el término femicidio demuestra que está cumpliendo con su labor: visibilizar, poner un nombre adecuado a lo que no puede considerarse un asesinato común. El femicidio no es una categoría antojadiza inventada por lesbofeministas, sino que responde a la ruptura violenta de un ciclo de abuso que se da en las relaciones afectivas* (vea el anexo 7, página 202) previamente identificada por Lenore Walker, una psicóloga estadounidense, en 1979:

Ciclo de violencia

Ciclo de violencia de género. ¡Ahora con dibujitos, para que ya no se haga el maje!

La ruptura del ciclo se da en el estallido final de violencia, el cual culmina en asesinato, sí, pero uno cometido por odio, desprecio, placer o sentido de posesión sobre una mujer.** El caso de Berta Bejarano, arrojada por su expareja frente a un bus en movimiento, es un trágico ejemplo de esto último en todas sus dimensiones, particularmente en la que busca disculparse socialmente al femicida: es un borracho (¿Y? El tipo caminó sobre la acera y se sentó a ver el cadáver. ¿Qué excusa cabe ahí?). Los crímenes de las pandillas son más atroces y reciben menores condenas. La culpa es de la mujer que se queda a ser violentada. Pobrecita. Ella se lo buscó. Todo esto se dice sobre la víctima, recién llegada al municipio. Venía huyendo de su victimario. Acababa de entablar una nueva relación.

Quién sabe cuántas veces fueron violentadas Berta, Yamileth y la expareja del envenenado. Quién sabe si estaban conscientes de estar siendo violentadas. Eso nunca es fácil de asimilar. Como sociedad, estamos educados para entender como violencia solo aquella que es física y no vemos como tal la económica —”él no me deja trabajar”/”quiere que me quede en la casa, con los niños”—, la psicológica —nada menos ayer venía en una coaster junto a una tipa que discutía con su pareja. Él la había engañado y consideraba que no era motivo para molestarse. La llamaba loca, psicótica, enferma— sexual —sentirse obligada a tener cualquier tipo de contacto físico “para que deje de joder” es violencia. El contacto sexual debería ser siempre consensuado en libertad— o espacial. Luego, cuando una relación deviene en femicidio, la sanción moral decae en la estúpida que le aguantó tanto a ese borracho, ese loco. Eso es misoginia. Y a nadie le gusta que se lo hagan ver.

Las dinámicas de violencia contra los hombres jóvenes y las mujeres conviven en este rastro que damos a llamar país. Responden ambas a una violencia estructural que va más allá del control de territorio o la enfermiza noción del amor romántico como posesión. Conviven como expresiones de fenómenos más complejos y enraizados en dinámicas de desigualdad y exclusión socioeconómica. En resumen, nadie decente pensaría que hablar de una niega la otra.

¿Entonces por qué este señor piensa que sí?

edwinsegura

Enlace al tuit original, media vez no lo borre su autor.

El señor es el jefe de datos del Grupo Dutriz (La Prensa Gráfica, Mi Chero, El Gráfico) y se define como docente universitario, lo cual vuelve su interpretación de la cifra más preocupante aún. Me gustaría preguntarle con qué feministas se está juntando o a cuáles ha increpado; personalmente, no conozco a ninguna que considere que denunciar las manifestaciones de la violencia contra la mujer invalide aquellas perpetradas contra hombres jóvenes. Sí se les invisibiliza, por otra parte, en sitios como los medios de comunicación tradicionales. Una nota con una mujer atacada a machetazos por su pareja no es tan llamativa (léase morbosa) como la que anuncia 2 fallecidos y termina reportando 25.

No sé si el señor sea misógino. Sí considero que su interpretación de esos datos (cuya fuente no reveló) lo es. No sabemos si esas 81 mujeres asesinadas entre enero y marzo vivieron ciclos de violencia que cataloguen a sus muertes como femicidios. Empero, si el señor trabaja interpretando datos, y asumiendo que obtuvo estos números de estadísticas judiciales,  debería estar al tanto de que las víctimas de sexo femenino están menos dispuestas a interponer denuncias al sufrir agresión; de que el sistema judicial no provee medidas de protección adecuada a víctimas de violencia ni a testigos de hechos criminales (a secas, sin distinción de género). Los boletines estadísticos de la CSJ están en línea. La PGR considera las gestiones de su unidad de género como de interés público y brinda los datos en cuestión de 10 días hábiles. Esta es información que cualquier ciudadano puede corroborar.

Empero, lo más grave es la tácita implicación de que 1039 hombres asesinados son más ¿graves? ¿relevantes? que las 81 mujeres en igual situación. No, señor: cada una de esos asesinatos debería ser igual de inaceptable socialmente. Cada uno de esos 1120 actos violentos debería ser igualmente condenado. La diferencia es que en algunos de ellos, no sabemos cuántos, las víctimas murieron dentro de un ciclo de agresión iniciado por sus (ex)parejas, respaldado por sus entornos e invisibilizado socialmente. La diferencia es que hay una violencia visible, tangible e incuestionable y otra que no. La diferencia es que cuando un pandillero asesina a un vendedor de pan nadie lo excusa socialmente. Al femicida, sí. Por eso es que “las feministas”, ese mítico colectivo, parecen concentrarse en ese íngrimo y estadísticamente irrelevante 7.2% de asesinatos: porque todos merecemos dignidad en la muerte. Y eso significa conocer la verdad de la misma.

Ninguna feminista negaría la gravedad de la crisis de seguridad nacional no por ser tal, sino porque es ciudadana, vive inmersa en una sociedad que resuelve todo, desde disputas viales hasta la transfobia; desde los celos hasta el no ceder un asiento de bus, matando. Por eso mismo, en una sociedad sumergida en notas de asesinatos, de la inoperancia del Estado ante los mismos y las estructuras comerciales que se benefician de esta sociedad para la muerte (medios de comunicación, agencias de seguridad privada, funerarias, etc.), es necesario rescatar que dentro de este paroxismo social hay quienes son víctimas de un tipo especial de violencia por ser quienes son. Y si eso que son, ese devenir mujer, engloba a más del 50% de la población, este merece ser visibilizado.

*Uso relaciones afectivas y no domésticas porque la convivencia hogareña no es imprescindible para estas manifestaciones de violencia

**Véase Caputi, Jane, 1989, “The Sexual Politics of Murder”, Gender & Society, vol. 3, núm. 4, diciembre, pp. 437-456.

FUENTE: http://losblogs.elfaro.net/cumbiarengue/2015/06/los-muertos-que-importan-y-las-muertas-que-no.html

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  1. #PeriodismoyÉtica | CoMEGén - 16 agosto, 2015

    […] Original publicado por Ruth Grégori*, en El Faro, el 8 de Junio de 2015, bajo el titulo De muertas que importan y comentaristas sexistas. […]

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