#Hombres rana

10 Nov

Ranas_comicPor: Miguel Lorente Acosta

Qué le vamos a hacer, hemos salido raros, nos hemos apartado de ese canon de hombre tradicional que también queda en los anuncios de colonia de la tele y en las películas de acción.

No sé si será una mutación o una alienación de esas que tanto les gustan, pero es cierto que cuando la vida nos besó con la igualdad, en lugar de convertirnos en apuestos príncipes dispuestos a todo para mantener nuestros privilegios y retener a nuestras doncellas, nos convertimos en ranas, en hombres rana.

Sí, les hemos salido ranas al resto de los hombres que desde la aristocracia y la nobleza de su rancia masculinidad, ven a las mujeres como súbditas y a los hombres como parte de un ejército con el que defender las murallas que han levantado, y retener al resto de la sociedad dentro de su mundo androcéntrico.

Pero nosotros desertamos de esa guerra, y en lugar de andar entre fortalezas y almenas nos hemos mojado y hemos ido de charco en charco hasta desembocar en una nueva masculinidad. El día a día nos enseñó que también había noche a noche, y mientras otros dormían nosotros soñábamos con cambiar este mundo, y aprendimos que si queríamos conseguirlo primero tendríamos que cambiar nosotros, y dejar atrás esa especie de carrera contra todo y aquella otra competición contra nada. Por eso, nos salimos de los raíles que conducían al destino fijo de la masculinidad de siempre, a esa estación terminal de vías muertas, de andenes llenos de prisas, abandonados de miradas, y con un gran reloj parado hace siglos a la hora en punto. Buscamos otros espacios donde poder ser en libertad, sin moldes ni clichés, y encontramos esos campos de cultivo en la igualdad, un territorio abierto a mujeres y hombres para convivir en paz. Y una vez allí decidimos trabajar desde nuestra masculinidad por la igualdad, porque la igualdad es buena y necesaria para  las mujeres y para los hombres, lo mismo que en su día luchar por la libertad lo fue para los esclavos y los libres, conseguir la libertad de creencia  para los que creían y para los agnósticos, alcanzar la seguridad lo fue para quienes estuvieran amenazados y para los que no…

Hasta ese momento las cosas habían estado relativamente claras, los hombres estaban en su sitio y las mujeres en el suyo, es decir, en el sitio de los hombres, puesto que su papel era estar bajo la sombra de un padre, un hermano o un marido, algo que no sólo era una costumbre social, sino que también tenía un carácter normativo. Y cuando este orden artificial e impuesto se modificó, los hombres de siempre hablaron de desorden y recurrieron a todas sus armas para intentar mantenerlo. Socialmente aislaron a las mujeres que se salieron de él y demonizaron su pensamiento feminista, y particularmente recurrieron a la violencia y a la amenaza para que ni siquiera se atrevieran.

Pero el tiempo, que había sido su aliado a lo largo de la historia, de repente empezó a jugar en su contra, y nuestras voces les sonaron con un tono de gravedad que no estaban acostumbrados a escuchar. Por eso somos tan malos, por ello nos odian tanto. Si las mujeres eran culpables de serlo, los hombres que buscamos la igualdad somos culpables de no serlo y, sobre todo, de dejarlos a ellos en evidencia.

Este blog (http://blogs.elpais.com/autopsia/2012/11/hombres-rana.html) es un buen ejemplo de esta realidad que comento. Les aconsejo que, si tienen tiempo y ganas, se den un paseo por los comentarios que hacen desde esas posiciones “de toda la vida”. Cada vez que trato un tema que muestra cómo la desigualdad genera consecuencias negativas para las mujeres y para la sociedad, inmediatamente saltan una serie de hombres con los argumentos de siempre, algo muy propio del posmachismo. Entre ellos no faltan:

 Ataque personal (es lo más fácil y al alcance de cualquiera), a quien osa cuestionar la posición tradicional: Si la persona que habla no tiene valor, lo que diga no vale nada.

 Actitud paranoica: Cualquier planteamiento a favor de la igualdad o que considere un problema de las mujeres es un ataque a los hombres.

– Los hombres como referencia (muy relacionado con el punto anterior): Como la cultura patriarcal se ha hecho y mantenido sobre la referencia de los hombres, todo tiene que ser expresado bajo esa misma referencia. Por lo tanto, no se puede hablar de cuestiones relacionadas con las mujeres si al mismo tiempo no se habla de temas que de forma cercana o similar afecten a los hombres. Según este criterio, si hablamos de muertes de mujeres hay que hablar de muertes de hombres, si hacemos referencia a la precariedad del trabajo de las mujeres hay que hablar de algo negativo que afecte a los hombres en el terreno laboral, si tratamos el tema de la salud o de la vida medida de las mujeres, hay que hacerlo también con la de los hombres. Ellos no sólo son protagonistas, sino que además son “protagoristas”, en el sentido de que, según se deduce de sus palabras, son fieles seguidores de Protágoras y de su planteamiento: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuento que no son”. Cuanta verdad… ¡Se han quedado en el siglo V antes de nuestra era!

– Lo que le ocurre a las mujeres es porque las cosas son así, y por lo tanto es una tontería y una pérdida de tiempo dedicarse a ello. Un ejemplo muy claro lo hemos visto en el post “Estampida de género” sobre la avalancha humana en una fiesta de Halloween y la muerte de cuatro chicas.

– Cuestionar comportamientos claramente y objetivamente negativos llevados a cabo por los hombres es odiar a los hombres. Para ellos mejor callar, aunque sea para amparar una conducta negativa, que hablar y cambiar dicho comportamiento. Lo importante, según su posición, es no cuestionar a los hombres, aunque eso conlleve que continúe el problema y que los hombres sigan también sufriendo esas consecuencias. Da igual lo que se plantee, si se critican ciertas conductas reprobables y objetivas que hacen algunos hombres, por ejemplo la violencia de género, en realidad interpretan que “se está criticando con sarna a los hombres”, incluso hay quien habla de “misandria”. Le temen más a los lodos que a los barros, porque en el fondo saben que sus pies son del mismo material.

 Su posición es tan paradójica que ellos mismos utilizan como argumento las consecuencias de la desigualdad que sufren los hombres (mayor tasa de mortalidad general, menor esperanza de vida media, mayor incidencia de accidentes laborales y de tráfico, mayor tasa de suicidio…), pero no para avanzar hacia la igualdad, sino para no hacer nada y cuestionar a la igualdad y a quien sí trabaja por ella.

 Llaman la atención de que no se habla de un tema (cuestiones que afectan a los hombres), pero no para hablar de dos (la igualdad para hombres y para mujeres), sino para no hablar de ninguno.

-Siempre han contado con la complicidad del silencio, pero también se les ha acabado ya.

Los hombres rana no nos arranamos. A diferencia de la razón de la fuerza planteamos nuestros argumentos con la fuerza de la razón, y además somos hombres que vivimos nuestra masculinidad con más felicidad, que no rezumamos ese sudor avinagrado que impregna muchas de sus palabras, entre otras cosas porque aceptamos y somos conscientes de que hay muchas personas que no piensan del mismo modo. La diferencia está que en lugar de criticarlas e insultarlas le damos argumentos y razones para que, si quieren, reflexionen.

Quizás fuera mejor el insulto y el descrédito, pero hemos salido rana. ¡Qué le vamos a hacer!

FUENTE:  publicado 09 de noviembre de 2012 en http://blogs.elpais.com/autopsia/2012/11/hombres-rana.html

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