Reflexiones

20 May

MI PROCESO DE MASCULINIDADES

Juan Salvador Linqui G.

IMG6870Mi primera lección de género la tuve con mi hijo y mi hija un día de tantos. Recuerdo el día en que los encontré sentados frente a la televisión, y les dije que cambiaran el canal de televisión porque ese programa que veían en ese momento, no era para niños. El niño se levantó enseguida y se dirigió a otras actividades. La niña permaneció sentada frente al televisor mientras yo la miraba, y luego de un momento me preguntó: “¿Papi, ese programa es para las niñas?”.

Esa pregunta me dejó sin palabras. Caí en la cuenta, como decimos, que mi hija, de escasos cinco años de edad en aquel momento, no se sentía identificada en las palabras que yo había expresado.

Cuando por primera vez decidí someterme a un proceso de masculinidades, varios años después de la situación que he relatado, tenía muchas expectativas y preguntas al respecto. En primer lugar me preguntaba por qué se hablaba de masculinidades, y en segundo lugar, a qué se refería la expresión proceso de masculinidades.

Sólo cuando estuve dentro del proceso pude ir respondiéndome una a una las interrogantes y aquella expresión fue tomando sentido.

Inicié mi proceso de masculinidades en el Centro Jesuita Ignacio Loyola, con una jornada de tres días, en la que había comenzado a conocer y cuestionar el modelo hegemónico de masculinidades.

Aún recuerdo la expresión de uno de mis compañeros, cuando me reintegré al trabajo, después de esa primera etapa del proceso.

En la oficina donde desempeño mi labor profesional, habemos aproximadamente 30 personas, de los cuales, más o menos, 24 son mujeres.

“No me vaya a salir con un domingo siete”, me dijo el compañero en tono de reclamo, y en clara referencia al proceso de masculinidades que recién había iniciado, como queriendo significar que no fuera a resultar homosexual. Entendí en sus palabras una forma de expresar el temor homofóbico que caracteriza al modelo hegemónico de masculinidad. Este relacionado con los atributos asociados al rol tradicional del hombre como la inteligencia, la libertad masculina, la fuerza, la valentía, la virilidad, el triunfo, la competición, la seguridad, y el no mostrar afectividad. El silencio fue mi respuesta, en aquella oportunidad.

Los mecanismos de discriminación están presentes también en nuestras relaciones laborales, no sólo de parte de otros hombres, sino también de mujeres que aún no caen en la cuenta o como suelen decir “no caen en el veinte”. Para muestra un ejemplo, hace unos días recibimos una convocatoria para asistir a una jornada de tres días a un proceso de actualización, retroalimentación y seguimiento como aliados en los procesos de masculinidades, y cuando el jefe de uno de los compañeros en este esfuerzo, recibió la carta de convocatoria, le expresó a este que había recibido una invitación para que participara en una actividad que tiene que ver con lesbianas, homosexuales, travestis, transexuales, etc.

Situaciones como las mencionadas, nos  permiten darnos cuenta que el trabajo que nos espera en este esfuerzo por avanzar hacia la equidad de género no sólo en el Órgano Judicial – Corte Suprema de Justicia, es difícil y largo, que hay mucho que hacer, sin embargo nuestro compromiso es ir siempre hacia adelante.

Esta es la característica fundamental de un proceso, el concepto hace referencia a la acción de ir hacia adelante, al transcurso del tiempo, al conjunto de las fases sucesivas de un fenómeno.

Como resultado de aquella primera etapa del proceso de masculinidades que inicié con el Centro Bartolomé de Las Casas, en la Escuela Metodológica de Masculinidades Equinoccio, en el año 2007, puedo decir que me es posible hablar ahora de un antes y un después.

El recorrido iniciado hacia nuestro interior, y en nuestra configuración personal de hombres, posibilitado por las diferentes experiencias vividas en los procesos de masculinidades, para mí ha representado en algunos momentos, un enfrentamiento constante entre continuar en la dinámica hegemonizante del ser hombre, según el rol tradicional, o iniciar un proceso mayor, un proceso de cambio, sumándome a esfuerzos que trabajan con el compromiso de construir relaciones con equidad de derechos para hombres y mujeres.

Este enfrentamiento interior, constante, entre un modelo que promueve la desigualdad y la violencia y un modelo que busca la equidad, traduce una situación dinámica del ser hombre que se actualiza en y con cada experiencia.

Es innegable que para que un hombre asuma el modelo hegemónico, ha vivido toda una historia en que la sociedad se ha hecho omnipresente de diversas formas, utilizando mecanismos de presión, de discriminación y de violencia.

Esta misma razón, nos permite caer en la cuenta que no se trata de adoptar de un día para otro, maneras nuevas de actuación sin cambiar el interior. El cambio sólo se logra mediante un proceso de deconstrucción y de resignificación de la experiencia de ser hombre. En este sentido, necesitamos aliados, no rivales competidores, y eso sólo lo lograremos construyendo formas sensibles y justas de relación entre hombres y mujeres.

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